Ella está en el horizonte. Camino dos pasos y ella se aleja. Nunca deja que la alcance. ¿Para qué sirve, entonces, la utopía?...para caminar.

martes, 12 de marzo de 2013

Corre


A veces me pregunto si podría vivir mi vida de otra manera. Sin correr tanto, sin tantas prisas todo el tiempo. En ocasiones, lo deseo. Deseo ser simplemente una estudiante que pasa la tarde en la biblioteca, sin más preocupación que preparar sus exámenes. 
Me conozco relativamente bien. Mi perfeccionismo, mi autoexigencia y mi energía creo que me acompañarán siempre, son una seña de mi identidad. Si cierro los ojos, no hay imaginación que me vea tumbada en el sofá dejando el tiempo correr entre mis dedos. Esa no soy yo. No creo que pueda serlo nunca. 
Aunque, no debería sentirme única; dentro de la espiral de estrés en la que todos estamos sumidos de uno u otro modo, yo soy una más. Sin embargo, aún con las ansias por devorar chocolate y el cansancio alojado tanto en mi mente como entre los hombros, me pregunto, ¿es esto, de verdad, lo que quiero para mí? 

sábado, 9 de marzo de 2013

Compasión

Las lecciones pueden venir de cualquiera, sólo hace falta tener los oídos bien limpios.
Recuerdo que, no hace mucho, cuando mi cabeza había perdido el norte como una brújula loca, me concentraba en la tristeza que  me llenaba, esa que no sabía cómo sacar de mí. Esos días oscuros me enseñaron más que todos los años anteriores juntos. Solo ahora lo sé, cuando me miro con otros ojos. Desde la compasión más sincera hacia aquella asustada criatura que lloraba, porque le habían partido el corazón sin esperarlo. Desde la compasión hacia aquel fantasma que veía como pasaban los días y se infiltraba en la noche, haciendo de su pequeño espacio en la cama, un agujero negro poblado por recuerdos con ojos como pozos. Desde la compasión hacia aquella muñeca que sólo quería que la quisiesen, sin importar el cómo. Desde la compasión hacia la ciega que, sin bastón, caminaba a tientas, sollozando porque temía caerse y herirse más.
Las lecciones pueden venir en cualquier momento, sólo hace falta entender que el dolor es parte de la vida.
Recuerdo como, poco a poco, el tiempo fue llevándose los restos del naufragio y, de entre las nubes, empezó a llegar algún rayo para derretir el témpano de hielo. Y como, dejando los restos de piel en el suelo, sentí la arena en los pies diciéndome que había llegado a ese horizonte del que recelaba.
No volví a jugar con fuego, pensando que no habría pomadas ni hierbas que curasen nuevas heridas.
Las lecciones pueden venir tarde, cuando las olas han derribado tus castillos en la orilla.
Y es que, compasión viene del latín cumpassio, hace alusión al sufrimiento compartido con otro. Pero,  el verbo latino passio procede del término griego pathos, que hace referencia al sentimiento entendido como drama interior.
Ese drama, tan nuestro, que creemos que nadie entenderá jamás.
Ahora, cuando me buscan personas para compartirme su propio sufrimiento, entiendo, como si fuese una carta marcada, que nada es casual.

sábado, 31 de marzo de 2012

Agonizando


Qué sensación tan horrible es la agonización. Estoy en una plaza atestada de gente gritando. Algunos gritándome. Sin piedad me han arrancado del mundo donde era feliz, golpeándome con una barra de hierro en la espalda. Sin esperarlo. He querido defenderme contra los lanzazos pero, uno a uno, me han llenado de heridas. No sé porqué ese ser vestido de rojo no me deja volver atrás. Tengo miedo. A pesar de correr de un lado para otro, de aferrarme a una fuerza animal para no rendirme, el dolor es tan intenso que me flaquean las piernas y caigo de bruces a la arena. Huele a sangre, sé que es mi vida derramándose. Se me nubla la vista, tengo ganas de vomitar, tiemblo. Levanto un poco la vista tratando de buscar una cara amiga para pedirle auxilio. No puedo respirar. Mi mente se bloquea cuando dejo escapar a todos mis fantasmas. Desde su sonrisa que me hizo volar hasta aquella vez que me miró y sentí desprecio en el fondo de su pupila. Se levanta polvo con las pisadas a mi alrededor. Hay ojos clavados en mí que no me ven. De mi boca no salen palabras ya, creo que un sollozo lastimero, quedo y constante, demente.

Estoy sola esperando el golpe final.

martes, 23 de agosto de 2011

El puzzle





Hace un mes empecé un puzzle. Mi primera vez. Mil piezas marrones, melocotón oscuro, anaranjado sombrío. Lo elegí al azar; empecé a abrir los paquetitos de piezas y a buscar los bordes que enmarcarían el proyecto. Creo que tarde dos horas en bucear por la inmensidad de aquellas diminutas piezas. Son todos prácticamente iguales, es más, si enciendo la luz cuando cae la tarde, directamente no puedo identificar las ligerísimas distinciones en el color de las piezas. Difícil, sí.

Ante la ilusión creciente que sientes cuando comienzas algo nuevo, esa emoción inexplicable que sentimos hacia la incertidumbre y que nos invita a soñar, recibí risas. Después, comentarios innecesarios hacia algo tan obvio como que aquello no era fácil, que iba a costarme tiempo y mucha paciencia y, en resumidas cuentas, que me dedicara a otra tarea. La gente es despiadada. Intentan ayudarte de una manera corrosiva. ¿Respuesta? Lo sé, gracias, pero voy a hacerlo. Nadie lo creyó y, curiosamente, tengo la maldita manía de esforzarme en demostrar de lo que soy capaz cuando nadie confía en que sea capaz de hacerlo. Así que, tarde a tarde, empecé a intentar encajar los diferentes lados. No sé cuántas horas le había dedicado (posiblemente algunos días) cuando conseguí formar a los niños del centro de la pintura. No sé cómo explicar sin que suene cursi en exceso la alegría que sentí. Luego el resto parecía asequible después de haber conseguido a los protagonistas.


El fin de semana compré un marco para el puzzle, porque el trozo de madera donde estaba intentando colocarlo se me había quedado pequeño. Hoy tenía la parte inferior y el puzzle iba escalando por los bordes hacia arriba. ¡Sólo 300 piezas, no más!


Y este extraño hábito casi se ha ido al traste por un traspiés, nunca mejor dicho, porque literamente le he dado una suave patada que lo ha mandado al suelo. He comenzado a llorar in so facto. Quien nunca haya intentado unir 1000 piezas de un color marrón de manera incansable no comprenderá mi ataque de pánico al ver los ojitos de los negritos mirándome alrededor de las piezas desparramadas.


Mientras intentaba salvar los restos del naufragio, sólo pensaba una y otra vez en las ganas que tenía de ver colgado el puzzle en la pared de mi habitación para verlo y poderme decir a mí misma: “Lo has hecho tú. Has podido, y es precioso”.


No he podido repararlo al completo, aunque los niños estaban bien encajados y siguen juntos. Todos los bordes se han hecho añicos. Es lo peor, porque me costó toda una tarde de domingo y fue aburridísimo ir comprobando pieza a pieza cómo iba destiñéndose el marrón encontrando una pieza con ese toque de distinción.


Los puzzles son como la misma vida: un caos de piezas mezcladas que, cuando consigues unir, pueden venirse abajo a pesar de tu dedicación y de tu ilusión, volviendo a poner tu corazón patas arriba. Te dan ganas de llorar, una rabia casi incontenible cuando otros no valoran algo que significa mucho para ti. Te dan ganas de apretar con fuerza las piezas, abandonarlo todo y seguir con tu vida, como si ese proyecto inacabado no fuese tan importante.


Pero, como me gusta decir, esto es sólo un aprendizaje. Porque es fácil rendirse al primer traspiés y, si lo piensas bien, pocas personas tienen un puzzle de 1000 piezas en tonos marrones terminado, colgado en su habitación. Sin embargo, los que lo tienen, son especiales.