Ábrete corazón. Sin miedo, con valentía. Observa y siente, que la vida te está esperando con los brazos abiertos. Abrázala. Sueña, ten coraje de arriesgarte.
Me atrapa. No avisa, no le esperas. Me llega, me absorve, me enciende, me quema, me asfixia... Revoluciona y no pide perdón. Mi egoísmo lo recibe con los brazos abiertos, anhelante y dispuesto.Gritaalgo sobrenatural y extraño, que no soy yo, pero tiene mi voz. Y ya no entiendo nada, poco a poco me despego de lo que fui...o creí ser. Estoy dentro de esta desconocida...con él.
Él sonreía, frágil como el cristal. Ya apenas alcanzaba a verlo con claridad y cada vez el miedo era mayor. Aquel camino se había convertido en morada de sombras y temores. Sollozaba, trémulo e inseguro, intentando sujetar su mano con fuerza. Pero no escuchaba lo que él quería decirle, sólo pensaba cómo huir. "Shh...calla y atiende", le susurró su voz de niño, "tienes que dejar que me vaya, no te aferres. Es la hora". Sus ojos se llenaron de lágrimas en ese segundo. Podía vislumbrar su sonrisa, brillando entre la penumbra. "Gracias por todo, tú me has hecho feliz ". Y le dio un abrazo de despedida que le llegó al alma, y, en ese silencio, él comprendió. Con una última sonrisa, el niño se alejó, despacio, dejándole. La luz fue iluminando la primavera. "Gracias a ti...que me has enseñado lo que es la vida".
- Quiéreme. La seriedad de su rostro contrastaba con la dulzura de su voz. Ella pestañeó, inesperadamente sorprendida. Trató de actuar pero no encontraba palabras. - Te necesito. No sabes cuánto. Abrumada y cada vez más perdida, cerró los ojos un momento. Intentaba descifrar qué emoción brotaba dentro de ella, cuál era el nombre de lo que estaba sintiendo, que la nublaba. - Yo... Y entonces le calló con un gesto. Ya había encontrado la respuesta. Su querido amigo volvía a incomodarla, una vez más. - No...no me pidas, no me ahogues...si me quieres, no me ates, no me presiones. Eso no es amor. Amor, es libertad, confianza, apoyo. Le cogió la mano, apretándola con fuerza. Y aunque sentía aquel miedo atroz corriendo ávido, por otra parte, se sentía tranquila. Acababa de poner las barreras que necesitaba. - Si aceptas esto, ya puedes besarme...