
Me quedo con una frase de María Teresa de Calcuta: La paz empieza con una sonrisa. Sonrisas como estas.
El Tribunal Europeo de Derechos Humanos condena a Francia por impedir adoptar a una lesbiana
Hoy veía en el telediario la triste muerte de un bebé de nueve meses en Vilanova i la Geltrú. La causa de la muerte: un golpe en la cabeza. Y, para empeorar la situación, el pequeño había recibido maltrato anteriormente. Me horrorizo, ¿cómo se puede pegar a una criatura de menos de nueve meses? ¿Qué clase de ser humano (o precisamente no-humano) puede cometer semejante atrocidad? Parece que no debemos sorprendernos porque todo es posible, hasta lo más horrible. Creo que hay personas que no están preparados para tener hijos. No sólo por falta de madurez o de estabilidad. Nada más que hay que darse una pequeña vuelta y echar un vistazo a las casas, donde padres y madres trabajan muchísimo, donde muchos no pueden dedicarles tiempo a sus hijos, donde no se premia el esfuerzo sino que se compra el cariño con caprichos. Parece que el camino perfecto para la vida está escrito: crecer, estudiar, trabajar, tener una familia, tener hijos. ¿Por qué?, ¿pueden todas las personas tener hijos? Sí, ¿no? Quizá haya personas más preparadas o menos, pero lo más importante, es querer, es tener claro por qué queremos tener a ese niño, qué queremos darle y las responsabilidades que este deseo entraña.Creo que si esto existe, todo el mundo tiene derecho. ¿Por qué negarle este derecho a personas homosexuales?, ¿qué razón puede alegarse? Los niños son los más importantes, si pueden tener una vida feliz, ¿qué problema hay en que tenga dos papás o dos mamás? Yo estoy totalmente a favor. Por ello, aplaudo la noticia que da titular a esta entrada. Creo que es un punto que marca la diferencia, el cambio. El mundo está cambiando, espero que para mejor.
La cifra de niños menores de cinco años muertos baja por primera vez de los 10 millones
Ángel González
Tu alma la dejaste escrita. Gracias.
Desde pequeñita, han sido mis compañeros. Puedo relatar mi vida a través de cada uno de los que han pasado por mi vida (muchos más que novios, desde luego). No sé cómo empezó mi afición exactamente, supongo que tuvo mucho que ver mi hermana mayor, a la que adoraba ya de pequeñita y que me esforzaba por copiar. Con mis libros viajé a donde quise, viví mil aventuras. Leía deprisa, devoraba todo lo que caía en mis manos, se me quedaba pequeña mi biblioteca, pero, gracias a Dios, mi familia no era la de la pobre Matilda. Mucha gente decía que era rara, me llevaba mis libros a donde fuese (aún lo sigo haciendo); los niños, acostumbrados a jugar al fútbol, el parque y otros placeres distintos, me señalaban a veces, suspirando con compasión: Pobrecita, qué sola está. Se equivocaban. Una vez oí a Rosa Montero decir: Los que leemos, somos una especie de secta, y me encanta. Yo nunca me he considerado extraña, a decir verdad, sólo que me encanta leer, algo que en la actualidad, poca gente practica (sé que generalizo porque afortunadamente hay buenos lectores y espero que los siga habiendo). Pero la gente te ve rara cuando dices: Prefiero un libro a comprarme ropa (¡sacrilegio! ¿Y qué hago yo en las rebajas si nunca hay rebajas en los libros, en?). Nunca está de moda eso de leer. Pero me da igual. Ahora mismo estoy enganchadísima (y me quedo corta) leyendo El corazón helado de Almudena Grandes. La historia me tiene atrapada de una manera sobrenatural, no hago más que desear llegar a casa para poder leer, terminar de estudiar para poder seguir, acostarme para leer antes de dormir. Qué intriga...¿qué secreto esconde la familia Carrión?, ¿cuál fue la traición definitiva que creó el odio?, ¿qué pasará?, ¿qué pasó antes que no sé aún?
Yo sí que compadezco a más de uno...que nunca ha viajado sin moverse de casa, entre sus manos un libro, en sus ojos palabras, en su mente fantasía. Ese sentimiento, cómo la intriga va creciendo, siendo tú el que acompaña a los protagonistas. Las historias que te arrancan una lágrima, aquellas con las que ríes, con las que sueñas, los rencores, las pasiones que parecen épicas y te hacen soñar. ¿Por qué aspirar a tan poco cuando puedes encontrarte con el universo pleno encerrado en unas hojas de papel?
No sé qué decirte, aunque sabes que las palabras corren por mi cabeza, sin orden concreto, con ansiedad. Seguro que sonríes viéndome, espero que con ternura, entiéndeme, estoy un poco perdida, pero me siento mucho más segura que otras veces. Pones muchas pruebas en mi camino que no comprendo, a veces las califico de injustas o burdas, me desespero contigo, lo confieso, y atacan a mi garganta unas incontenibles ganas de llorar y estallar cuando me doy cuenta de que estoy dibujada con débiles trazos en el lienzo. No sé cuánto más voy a esperar antes de lograr encontrarme a mí misma en este laberinto. Quizá no actúo bien, quizá pierdo el tiempo o quizá, simplemente, deba tener paciencia y confiar en que todo se pondrá en su sitio tarde o temprano. Permíteme dudar, desconfiar y temer, tiemblo y me escondo, no quiero verme reflejada en los espejos que mostrarán el sueño incompleto. Soy egoísta, lo sé, no quiero serlo, ¿lo sabes? Intento ser mejor cada día, me equivoco muchas veces, pero casi todas pongo el corazón en mis pasos. Compensaré los errores, pensaré menos en mí y más en el que sufre, ahondaré en la herida, olvidando la superficie llamativa que demasiadas veces me hechiza.
Confía en mí. Dime que me encontraré. Prométeme que aprenderé. Si tú asientes, sabré que voy bien.