
Llega la noche, aparecen mis verdades. Intento poner nombre a lo que me habita, no sé por qué ( aunque quizá sí) me siento tan extraña. La emoción me ha paralizado, son tantas cosas que siento, son tantas las cosas que llevo dentro...Cómo definir estos días, me faltan palabras. Esperaba algo diferente, esperaba actuar de una manera distinta, no contaba con toparme con inesperadas sorpresas, no esperaba las minúsculas estupideces en las que he caído. Mis expectativas, como casi siempre, han fallado. Y ahora, aquí sentada, conmigo misma, desnuda ante la evidencia y el blanco del papel, me pregunto, ¿por qué? ¿Por qué no estoy tremendamente feliz? Ya ha acabado, por fin, la pesadilla terminó. Debería estar dando saltos de alegría y, sin embargo, me encuentro rara y ausente, pensativa y quizá un poco decepcionada. Pero bueno, las cosas a veces no salen como uno las planea y es lo mejor.
Ahora tener tanto tiempo libre casi me asusta. Puedo dormir hasta la hora que quiera, puedo leer al fin, sin preocuparme por deber estar haciendo otra cosa. Puedo salir sin la presión de tener que estudiar. Puedo escribir y dejarme llevar hacia donde la imaginación desee. Después de todo esto, esta libertad me hace sentir un intenso cosquilleo en el estómago. Supongo que no tardaré nada en acostumbrarme a lo bueno y aprender a disfrutar de todas las ventajas de estas maravillosas vacaciones.
Pero, voy creciendo. Y esto es una responsabilidad. Además de nuevos retos, veo de cerca nuevas responsabilidades. Es inevitable, es ley de vida. Sea como sea, en este estado de confusión, sigo asimilando que todo ha pasado y que ha llegado, el verano ya ha llegado.