Ella está en el horizonte. Camino dos pasos y ella se aleja. Nunca deja que la alcance. ¿Para qué sirve, entonces, la utopía?...para caminar.

domingo, 13 de octubre de 2013

Otoño que nunca llegas

El frío va llegando, poco a poco, aunque aún no puedo desempolvar el abrigo y la bufanda. Últimamente el tiempo pasa muy rápido, tanto, que tengo la impresión de no disfrutarlo como me gustaría. Los inicios son extraños y confusos. Los horarios no terminan de cuadrar, las rutinas no ruedan, hay algo dentro de mí que no está bien asentado. Voy ordenándome, organizándome las horas, huyendo de esos segundos con sabor a derrota y nostalgia, esquivando al miedo cuando me mira con sus cuencas vacías. Voy respirando, a veces lloro con algunas canciones o con cosas absurdas que me emocionan. Voy conociendo, a la par que desconozco lo que debí haber aprendido. Se me agolpan los proyectos, mi boca no puede abrirse más para morder el mundo como quiero. Abarcar, abarcarlo todo con un abrazo enorme sin que duelan las articulaciones ni mañana tenga agujetas. Aunque, pensándolo bien, no es un mal precio si cuando apago la luz de la mesita y suspiro porque ya hay que despedirse del día, sonrío. Y sí, ya no duele tanto. Escuece, a veces un pellizco, otras una bofetada. La gente sigue viviendo, en sus minucias, fantasías, miserias y complejidades. La gente sigue debatiendo sobre la cadena perpetua a asesinos, dineros y crisis sin oportunidades, realities sin karma, comidas y dietas. Me siento una extraña con cosas raras en la cabeza, ilusiones que son sólo mías, manías, excentricidades. Pero la gente sigue viviendo y yo que me faltan manos y pies para correr sin ahogarme. Y yo que siento como me devora la noche y me fugo con la poesía a mi propio desorden.